CON DAÑO A TERCEROS
Quintana Roo, el estado donde todo está bien… según el comunicado
Hay una frase que debería ser patrimonio cultural de la burocracia mexicana: “Todo está bajo control”.
No importa si falta medicamento, si una escuela no tiene espacio para todos, si una calle parece campo minado, si la inseguridad mantiene a más de uno mirando dos veces antes de salir de casa o si una familia lleva semanas buscando una respuesta en alguna oficina pública.
Todo está bajo control, al menos eso dice el comunicado. Porque en Quintana Roo tenemos una curiosa habilidad institucional: convertir los problemas en boletines de buenas noticias; Si hay un problema, se anuncia una estrategia.
Si la estrategia no funciona, se anuncia una nueva estrategia, Ss la nueva estrategia tampoco funciona, se organiza una rueda de prensa para explicar que ahora sí se está trabajando, y si alguien insiste en preguntar por los resultados…Bueno, seguramente “se está dando seguimiento”.
Una frase maravillosa, “dar seguimiento” puede significar prácticamente cualquier cosa, puede significar que alguien está trabajando en ello, puede significar que alguien recibió un oficio, puede significar que el expediente está en un escritorio O puede significar que nadie sabe exactamente qué hacer, pero suena muchísimo mejor decir que “se está dando seguimiento” que admitir: “no tenemos una solución”.
Así transcurre la vida cotidiana, el ciudadano pide seguridad y recibe estadísticas, pide medicamentos y recibe anuncios de abastecimiento, pide una escuela y recibe cifras de cobertura, pide que arreglen una calle y recibe fotografías de maquinaria, pide respuestas y recibe comunicados; Porque parece que hemos confundido informar con resolver, y no.
Una fotografía de una patrulla no hace que una colonia sea segura, una caja de medicamentos acomodada para la foto no garantiza que haya medicinas en el centro de salud, una cinta inaugural no arregla por sí sola una obra, y una conferencia de prensa no cambia la realidad de quien está esperando una solución.
Pero vivimos en la era de la fotografía oficial, todo se inaugura, todo se supervisa, todo se anuncia, todo se presume.
Y mientras tanto, allá afuera está el ciudadano haciendo lo que puede para resolver su vida: La madre buscando un lugar para su hijo en una escuela, el padre haciendo cuentas para comprar uniformes, la persona enferma buscando dónde conseguir el medicamento que supuestamente ya llegó, el trabajador esperando que alguien atienda su denuncia, la familia que quiere regresar a casa sin miedo, el ciudadano que lleva meses esperando que arreglen una calle. Ellos no necesitan comunicados, necesitan resultados.
Y aquí es donde la cosa se pone incómoda, porque gobernar no consiste solamente en anunciar que se está gobernando, gobernar es que la gente pueda sentir la diferencia; Que una madre pueda decir: “sí, encontré lugar para mi hijo”, que un paciente pueda decir: “sí, había medicamento”, que un ciudadano pueda decir: “sí, me atendieron”, que una familia pueda decir: “sí, podemos salir tranquilos”, eso es gobierno.
Lo demás puede ser propaganda institucional con buena fotografía, y que nadie se ofenda, porque cuestionar al gobierno no significa estar en contra del gobierno, significa recordarles que para eso están ahí.
Los funcionarios no son influencers, no necesitan que todos les den “me gusta”, necesitan que la gente pueda vivir mejor. Y quizá ese sea precisamente el problema: hemos llegado a un punto en el que aplaudimos demasiado pronto, aplaudimos el anuncio antes de ver el resultado, celebramos la obra antes de comprobar si funciona, celebramos el operativo antes de saber si realmente disminuyó el delito, celebramos el abasto antes de preguntarle al paciente si encontró su medicamento.
Y entonces sucede lo inevitable: El comunicado dice que todo está bien, pero la realidad tiene la pésima costumbre de no leer comunicados.
LA PENSADORA
A veces parece que vivimos en dos Quintana Roo distintos, uno existe en los boletines oficiales: lleno de avances, estrategias, resultados, inversiones, operativos, programas y funcionarios sonrientes inaugurando cosas; El otro existe en las calles, en las escuelas, en los hospitales, en las colonias y en las casas de miles de ciudadanos que no necesitan que les expliquen que todo está bien porque todos los días tienen que sobrevivir a lo que está mal.
Y quizá deberíamos empezar a medir el éxito de un gobierno no por la cantidad de fotografías que publica, ni por los discursos que ofrece, ni por los comunicados que distribuye, sino por algo mucho más sencillo: ¡preguntarle a la gente si realmente siente que su vida mejoró!, porque al ciudadano poco le importa cuántas veces se anunció una solución si él sigue esperando; Poco le importa cuántas cifras se presentan si su problema continúa y poco le importa quién cortó el listón si después nadie volvió a revisar qué pasó con aquello que inauguraron.
Porque desde un escritorio, todo parece estar en orden, pero desde la cartera, desde una cama de hospital, desde una escuela sin lugar, desde una colonia insegura o desde una familia que lleva meses esperando una respuesta… la realidad se ve bastante diferente.
Quizá el problema no sea que las cosas estén mal, quizá el problema es que ya aprendimos a vivir con ellas y hasta nos quieren convencer de que eso significa que están bien.