¿Domos para todos… pero aulas para quién?

Llegó esa maravillosa época del año en la que las familias de Quintana Roo vuelven a sacar uniformes, forran libretas, compran zapatos, hacen cuentas y, de paso, descubren que conseguir un lugar en la escuela que necesitan puede convertirse en una especie de competencia olímpica.

Porque una cosa es que el Gobierno presuma que ningún estudiante se quedará atrás y otra muy distinta es que mamá y papá encuentren un lugar disponible en la escuela que les queda cerca de casa, donde tienen que estudiar sus hijos y, de preferencia, donde no tengan que gastar una fortuna en transporte.

La Secretaría de Educación presume que el proceso de inscripción es gratuito y que existen espacios disponibles, muy bonito en el papel y discurso pero pregúntenle a los padres que llevan días buscando un espacio, haciendo filas toda la noche, cambiando de escuela, revisando turnos y tratando de acomodar a sus hijos en la escuela que se pueda.

Porque el problema no es solamente “que haya una escuela”, l problema es que haya suficientes aulas, suficientes maestros y suficientes espacios para atender a una población que sigue creciendo; Y aquí es donde aparece una pregunta incómoda, de esas que no gustan mucho cuando se hacen en voz alta:

¿Estamos construyendo la infraestructura que más necesita la educación de Quintana Roo o la que luce más bonita en la fotografía de inauguración?; No se malinterprete: un domo hace falta, en Quintana Roo, con el sol que nos receta el clima y las lluvias que pueden convertir una ceremonia escolar en deporte extremo, tener espacios techados es una necesidad real, pero también necesitamos aulas.

Porque un domo no sustituye un salón de clases, un domo protege a los alumnos del sol, un aula permite que tengan dónde estudiar, un domo sirve para educación física, actividades cívicas y culturales, un aula sirve para que treinta, cuarenta o los alumnos que correspondan puedan sentarse frente a un maestro y recibir clases.

Entonces la pregunta no es si queremos domos, ¡claro que queremos domos!. La pregunta es: ¿Cuántas aulas nuevas necesitamos y cuántas se están construyendo?. Porque si tenemos escuelas con instalaciones bonitas, canchas techadas y fotografías de inauguración impecables, pero al mismo tiempo hay padres buscando desesperadamente un espacio para sus hijos, algo no está cuadrando.

Y aquí entra otro pequeño detalle: las famosas “cuotas voluntarias”. Voluntarias, como esas invitaciones que dicen: “Si gusta cooperar, son 500 pesos”, cuando uno pregunta qué pasa si no puede cooperar, la respuesta debería ser muy sencilla, nada, Porque voluntaria significa precisamente eso: que uno puede aportar si quiere y si puede.

No significa que al padre de familia le aparezca una cuota disfrazada de cooperación, inscripción, mantenimiento, limpieza, pintura, vigilancia, papel, jabón, ventiladores, reparación de baños y hasta quién sabe qué más, porque entonces ya no estamos hablando de una cooperación voluntaria, estamos hablando de una obligación con nombre bonito.

Y ahí sí habría que preguntarnos: ¿para qué existe el presupuesto educativo?, porque una cosa es que los padres quieran mejorar su escuela y otra muy distinta es que terminen financiando, por necesidad, lo que debería garantizar el sistema educativo.

Que cooperen para una mejora extraordinaria, si quieren y pueden, perfecto, pero que un niño tenga o no acceso a su escuela, o que una familia sea señalada porque no pudo aportar, eso ya es otra historia.

La educación pública debe ser pública, no una membresía anual, no una cuota de entrada, no un “si no pagas, no hay”, y mientras los padres hacen cuentas para comprar uniformes, útiles, zapatos, mochilas, transporte y ahora también la famosa cooperación “voluntaria”, la pregunta sigue flotando:

¿No sería mejor que una parte de esos millones que se destinan a infraestructura se traduzca también en más aulas, más grupos y más espacios para recibir a los estudiantes que cada año necesitan un lugar?

Porque inaugurar un domo siempre luce bien, cortar un listón luce bien, la fotografía luce bien, pero inaugurar un aula nueva también debería ser noticia y quizás hasta más importante.

Porque al final del día, el verdadero indicador de una política educativa no debería ser cuántos listones se cortaron, debería ser cuántos niños encontraron un lugar, cuántos salones dejaron de estar saturados, cuántos maestros tienen grupos razonables, cuántas escuelas dejaron de pedirle dinero a los padres para sobrevivir, cuantas becas se entregaron, cuanto aprovechamiento escolar hubo y cuántas familias dejaron de escuchar aquello de: “Ya no hay cupo”.

Porque para una madre o un padre esa frase no es una estadística, es un problema, y cuando se trata de educación, ningún niño debería quedarse fuera por falta de espacio.

LA PENSADORA

Y aquí va la pregunta que nadie quiere contestar: ¿De qué sirve tener un Quintana Roo lleno de domos si debajo de ellos no caben todos los alumnos porque no hay suficientes aulas?

Que nadie se confunda: los domos son necesarios, pero también lo son los salones. Y si la educación es prioridad, entonces las cuentas deberían ser claras, cuánto se invierte en domos, cuánto en aulas, cuánto en mantenimiento y, sobre todo, cuánto cuesta realmente atender la demanda de estudiantes que cada ciclo escolar toca la puerta.

Porque hay algo que sí debería ser voluntario en las escuelas públicas: la cooperación.

Lo que no debería ser voluntario es que el Gobierno garantice que cada niño tenga un lugar para estudiar, y si a los padres les dicen que la cuota es voluntaria, que así sea.

Porque si es voluntaria pero todos saben que hay que pagarla… pues entonces de voluntaria tiene lo mismo que un examen sorpresa: nada.