Antes y después del Royal Caribbean

|“Y pensar que extraviamos

la senda milagrosa
en que se hubiera abierto
nuestra ilusión, como perenne rosa…”
Ramón López Velarde

Desde el momento que nace a la vida constitucional como un estado de la federación y deja atrás el estatus de Territorio Federal (1974), Quintana Roo ya traía el sello del turismo de sol y playa. De hecho, hacia fines de los 60 ya en los altos niveles de la Secretaría de Hacienda y el Banco de México se incubaba un proyecto para traer divisas al país a través del turismo, proyecto que se consolidó con financiamiento del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Hacia 1972 se creó el fideicomiso Fondo de Infraestructura Turística (Infratur) en Banco de México, que seleccionó al menos 4 estupendas playas para promover los Centros Turísticos Integralmente Planeados que se ubicaron en Ixtapa, en la costa grande de Guerrero; Huatulco, en Oaxaca; Los Cabos en Baja California Sur, y Cancún, en Quintana Roo.

Cierto es que el turismo ha generado empleos y oportunidades de vida para muchos, pero la laxitud de la legislación ambiental de los años 70 y 80 permitió desarrollos hoteleros e inmobiliarios sobre la duna costera, sobre el mangle y sobre el sistema lagunar. Nichupté es una laguna que si no está muerta, está en agonía, y la pérdida de playas es producto de la devastación de los manglares. Cancún y la Riviera Maya han sido un modelo de turismo extractivo donde los beneficios económicos se quedan principalmente para los inversores externos, mientras que los gobiernos y las comunidades locales tienen que cargar y absorber los costos sociales, ambientales y urbanos de la actividad turística: “los problemas del éxito”, decían los inversionistas cancunenses.

Pero esa dinámica de construcciones turísticas y su necesaria interacción con los recursos naturales generó también preocupación y reflexión en otros ámbitos. A principios de la década de los 80, varios científicos del entonces Centro de Investigaciones de Quintana Roo (CIQROO) ya vislumbraban los posibles daños a los ecosistemas de la entidad por la acelarada expansión del turismo de sol y playa. Allí surgió la idea de crear una reserva de la biósfera que sirviera como una defensa natural —un tapón se le llamó— al crecimiento de las actividades antropogénicas que se extendían hacia el sur, hacia Tulum. Con el apoyo del gobierno del estado, la iniciativa del CIQROO vio la luz a través de un decreto presidencial publicado el 20 de enero de 1986, llevando el título de Reserva de la Biosfera “Sian Ka’an” con una cobertura de casi 600 mil hectáreas de selvas, manglares, humedales, lagunas y las dos grandes bahías de la Ascensión y Espíritu Santo, una reserva que abarcaba desde Boca Paila en el norte hasta Tampalán en el sur, a sólo 50 kilómetros de Majahual.

A partir de entonces se han ido sumando diversas áreas naturales protegidas sobre todo para las costas de Quintana Roo, como el área de protección de flora y fauna de Uaymil decretada en 1994, el parque nacional Arrecifes de Xcalak y las reservas de Sian Ka’an y del Gran Caribe Mexicano que, al menos en la norma, ofrecen protección y suman esfuerzos para la conservación de los ecosistemas y su biodiversidad.

Sin embargo, este esfuerzo de protección de los recursos naturales ha ido a la zaga de las inversiones y los “desarrollos” inmobiliarios y turísticos. Llevan más de 50 años las construcciones para explotar los viajes de sol y playa, y el turismo en toda la zona norte de Quintana Roo muestra que a su desarrollo y consolidación lo han acompañado graves afectaciones a la sociedad y el ambiente: inseguridad, severos daños al sistema costero y arrecifal, pésima gestión de los residuos, insuficiencia energética, especulación inmobiliaria, entre otros muchos. Además, la inversión concentrada y por ende la actividad económica en los polos turísticos del norte propició un agudo desequilibrio regional en detrimento del centro y el sur de la entidad, zonas mayormente indígenas y campesinas.

Estelí Meza

Cuando los gobiernos de Quintana Roo han intentado promover el desarrollo en el sur, siempre ha sido con proyectos que pretenden reproducir “el éxito” turístico del norte. De hecho, la carretera Cafetal-Majahual, que se abrió en los primeros años de la década de los 70, fue motivo de alarma en algunos sectores académicos al considerarla un dique que impediría los flujos de los amplios humedales sobre los cuales fue construida.

Formalmente hacia principios de los años 90 el gobierno de Quintana Roo inició el desarrollo de la franja costera al sur de la Reserva de la Biósfera de “Sian Ka’an”, desde Tampalán hasta Xcalak, a la que se llamó la Costa Maya. Se invitó incluso a Koll International, la empresa de un prominente desarrollador inmobiliario y turístico, a elaborar un Plan Maestro para la Costa Maya, cuyos ambiciosos esquemas se estrellaron contra la realidad ambiental de la zona.

La verdad es que frente a las evidencias de daños ambientales en distintas regiones del país, la legislación empezó a revisarlos.  Este proceso culminó en 1996 con una importante reforma a la Ley General del Equilibrio Ecológico y Protección al Ambiente (LGEEPA). La reforma precisó competencias entre federación, estado y municipios; fortaleció las facultades punitivas del Estado para hacer cumplir la ley y estableció los ordenamientos ecológicos territoriales para regular el uso del suelo protegiendo el medio ambiente, la conservación y el aprovechamiento de los recursos naturales.

En este contexto, con una LGEEPA fortalecida, se impulsaron los estudios para los Programas de Ordenamiento Ecológico Territorial (POET) Cancún-Tulum. El interés para el desarrollo de la Costa Maya en el sur tuvo que alinearse a la necesidad de contar con un POET para la región, que se le encargó a la Universidad de Quintana Roo (UQROO).

La elaboración del POET Costa Maya se publicó en el 2000 y no estuvo exento de innumerables presiones para definir áreas con usos de suelo y densidades suficientes que permitieran desarrollos inmobiliarios y turísticos, campos de golf por ejemplo. El muelle de cruceros construido en Punta Chacchí e inaugurado en 2001 por el empresario Isaac Hamui, debió considerarse en el POET aunque con un área muy restringida de urbanización por estar rodeada de manglares. Los estudios ambientales en general determinaron la gran fragilidad del corredor costero de Punta Herrero a Xcalak, en la frontera con Belice, pues predominan los manglares, lagunas costeras y humedales. Solamente áreas como Pulticub, Majahual y Xauaxol aparecieron con posibilidades de pequeños desarrollos inmobiliarios y turísticos.

Durante los años del POET Costa Maya, la Universidad de Quintana Roo había consolidado un programa de Manejo Integrado de Recursos Costeros (MIRC). En él participaron la Universidad de Rhode Island y la Asociación Civil “Amigos de Sian Ka’an” con financiamiento de USAID, lo cual favoreció el conocimiento y la formación de recursos humanos para entender la dinámica costera. Incluso hubo cooperación japonesa para construir un campamento para interesados en monitorear el desarrollo de la Costa Maya. Se construyó en Majahual en un predio donado por el gobierno estatal y se asociaba con una Red de Guardias Ambientales, cuyo propósito era evitar el desarrollo no planificado y el incumplimiento de las normas ambientales en la costa maya, buscando prevenir lo que había sucedido en el norte.

He acudido a la revisión de algunos de los elementos previstos en el contexto del MIRC de la UQROO. En un boletín de “Amigos de Sian Ka’an” publicado en 2003, Don Robadue, un investigador de la Universidad Rhode Island, alertaba así:

El destino de la Reserva de la Biosfera de Sian Ka’an, la porción del Arrecife Mesoamericano en Quintana Roo y su maravilloso conjunto de áreas protegidas, los extensos humedales y cuencas de la Costa Maya, junto con el bienestar social y económico de las familias que viven y las que vivirán en la región, están intimamente interrelacionadas. De continuar con la inercia acutal en que la inversión en infraestructura y desarrollo está dirigida principalmente al turismo, pasando por alto el crecimiento urbano secundario que aquél estimula, con seguridad esta bio-región verá rebasada su capacidad en poco tiempo. Las consecuencias de este proceso son ya evidentes en la zona norte de la Riviera Maya, más notablemente en Cancún y Playa del Carmen. La prisa por el desarrollo en el sur del estado puede degradar las cualidades que dieron origen a políticas públicas bien intencionadas y optimistas para el fomento del turismo de bajo impacto en esta región.

Además de esta clara visión de lo que podría pasar con un desarrollo no planificado en la Costa Maya, ya hacia 2003, cuando ya operaba el muelle de cruceros, se conocían diversos problemas: extracción descontrolada de agua, tratamiento inadecuado de desechos, dunas y humedales sin protección, carencia de programas de desarrollo comunitario. Por si algo faltara, en 2007 el huracán Dean afectó mucha de la infraestructura turística y social de Majahual, entre ellos el mismo muelle de cruceros y la estación Costa Maya de la UQROO, y se inició, en pequeña escala entonces, la arribazón de sargazo.

La esperanza turística del sur enfrentó un periodo de reconstrucción que no logró recuperar del todo sus ímpetus, aunque sí generó especulación, invasiones de tierras, fraudes inmobiliarios y hasta presencia del crimen organizado. En este contexto en febrero de 2025 se concreta la adquisición del muelle Puerto Costa Maya por parte del consorcio naviero Royal Caribbean y se genera el proyecto de inversión que pretendía atraer a miles de turistas de cruceros para Majahual.

Sin duda alguna, el proyecto de la naviera despertó muchas expectativas. Las autoridades del municipio Othón P. Blanco y del estado de Quintana Roo vislumbraron inversión y riqueza para el sur, incluso crearon un fideicomiso con los ingresos por “Derecho Ambiental” que se cobran a los cruceristas. La prensa ha publicado que el municipio modificó los usos de suelo en el Programa de Desarrollo Urbano de Majahual para favorecer a la empresa que adquirió un predio de 80 hectáreas con el fin de coadyuvar a hacer realidad la inversión.

Para avanzar en la modernización y actualización del muelle de cruceros, Royal Caribbean elaboró y presentó tres manifestaciones de impacto ambiental (MIAs) para los siguientes proyectos: a) un megaparque de diversiones identificado como Perfect Day, b) un club de playa asociado al parque de diversiones que incluía una caleta artificial y c) la construcción de un muelle para cruceros de uso privado dentro de la misma terminal portuaria de Majahual.

Por el impacto ambiental, que llegaría a recibir más de 20 mil turistas al día, se generó un inusitado movimiento en contra abanderado por organizaciones no gubernamentales como Greenpeace, Change.org, Defendiendo a un Medio Ambiente Sano (DMAS), Salvemos Majahual, entre otras. Cabe agregar: con escasa participación local. Frente a las denuncias ciudadanas a nivel nacional y con varios millones de firmas en contra, Semarnat en voz de su titular  anunció el 19 de mayo que no se aprobaría el proyecto, y la empresa retiró las MIAs. Hasta el momento no existe una negativa al proyecto y la empresa bien puede presentar nuevamente sus propuestas revisadas, modificadas y actualizadas para que las evalúe la Semarnat a través de su Dirección General de Impacto y Riesgo Ambiental (DGIRA).

La decisión de Semarnat ha dejado parcialmente satisfechos a los grupos ambientalistas pero muy inconformes a varios habitantes locales, promotores y potenciales inversionistas en el sur, sobre todo de Chetumal. De nuevo opinan que mientras en Cancún sí se permitieron desarrollos sobre los manglares, las dunas y los ecosistemas costeros, cuando llega una inversión importante para el sur se cancela por los pruritos ambientales.

Me parece que la decisión de la autoridad ambiental de no aprobar las MIAs presentadas por Royal Caribbean, y la decisión de la empresa de retirarlas antes de la negativa oficial, abre una buena oportunidad para replantear la inversión hacia un nuevo proyecto como lo han planteado algunos. Pero también la necesidad de repensar el desarrollo hacia el sur, que tiene vocación forestal y hermosos parajes naturales —la laguna costera de río Uach, por ejemplo—  aprovechables para un “ecoturismo” que no termina de implementarse ni comprenderse.

La pregunta es si habrá capacidad para conciliar la visión que conserva los recursos naturales con la que busca inversión, empleos y generación de riqueza por la vía de la sustentabilidad. Lo otro es si existe la voluntad política, las capacidades institucionales y el monitoreo para evitar en el sur el modelo de turismo extractivo del norte. Por lo pronto, los gobiernos del municipio Othón P. Blanco y del estado de Quintana Roo, que con inversión privada buscan resolver los residuos en Majahual, deben mostrar primero su congruencia resolviendo los graves y urgentes problemas de mantener un basurero a cielo abierto en Chetumal que contamina la bahía y su área natural Santuario del Manatí. En este sentido, es de celebrarse la presencia de la titular de Semarnat para dialogar con los habitantes de Majahual, para un diálogo serio e incluyente sobre el sur de Quintana Roo.

 

Efraín Villanueva Arcos

Sociólogo, ex rector de la Universidad de Quintana Roo. Fue Secretario de Ecología y Medio Ambiente en Quintana Roo (2020-2022) y Director General de Energías Limpias en Sener (2013-2018).