Hospitales de papel y pacientes de carne y hueso…

Dicen que Quintana Roo está viviendo una transformación histórica en materia de salud. Y la verdad es que sí… pero solamente en los discursos.

Porque una cosa es lo que se cuenta en las conferencias de prensa y otra muy distinta es lo que vive la gente cuando tiene que entrar a un hospital público; Ahí no hay filtros bonitos de redes sociales ni boletines llenos de cifras millonarias, ahí lo que hay son salas de espera reventadas, pacientes desesperados, familiares angustiados y trabajadores de la salud tratando de hacer milagros con lo poco que tienen y con una infraestructura completamente deteriorada, sin clima, sin camillas y lo mejor de todo sucio.

Mientras desde el poder nos hablan de nuevos hospitales, torres médicas y proyectos de primer nivel, miles de quintanarroenses siguen jugando a la lotería cada vez que se enferman: A ver si hay médico, a ver si hay cama, a ver si hay medicamento, a ver si te atienden y, sobre todo, a ver si sales vivo, porque esa es la realidad que no sale en los spots oficiales, la que duele, la que indigna.

La que hace que cada vez más ciudadanos pierdan la confianza en un sistema que parece diseñado para poner a prueba la paciencia antes que curar enfermedades.

Los casos recientes que han conmocionado al estado son una muestra de ello, familias denunciando que sus seres queridos no recibieron atención oportuna, personas falleciendo en medio de reclamos, indignación social y autoridades tratando de explicar qué pasó. Cada caso tiene sus propias circunstancias y deberá investigarse a fondo, pero el simple hecho de que estas historias sigan apareciendo debería encender todas las alarmas, porque cuando la gente empieza a tener miedo de ir a un hospital público, algo está profundamente mal; Y mientras tanto, seguimos escuchando el mismo libreto: ya vienen más recursos, más infraestructura, más especialistas, mas abasto en medicamentos, mas farmacias, en pocas palabras que ya viene un sistema de salud mucho mejor que Dinamarca.

LA PENSADORA.

Aquí la pregunta es: ¿y mientras llega, qué hace la gente?

¿Esperar? ¿Seguir haciendo filas interminables? ¿Comprar de su bolsillo medicamentos que deberían recibir gratis? ¿Cruzar los dedos para no enfermarse?

La ironía es cruelmente brutal, vivimos en uno de los estados que más dinero generan para México, millones de turistas llegan cada año a disfrutar playas de clase mundial, hoteles espectaculares y desarrollos que cuestan fortunas. Pero para muchos ciudadanos, conseguir una consulta médica digna sigue siendo más complicado que reservar una suite frente al mar en temporada alta, y eso no es un problema de percepción, es un problema de prioridades y realidades.

Porque un gobierno puede presumir hospitales en planos y proyectos pero la gente no se cura con promesas, no se salva con discursos. La salud no debería ser un privilegio ni una apuesta.

Y mientras sigamos teniendo hospitales que se quedan sin medicamentos, áreas saturadas y ciudadanos que sienten que tienen que rogar por atención, no hay inauguración, fotografía ni boletín que alcance para maquillar la realidad. Porque al final del día, cuando alguien llega enfermo a un hospital, no le importa quién gobierna, quién dio la conferencia o quién salió en la foto, le importa una sola cosa: ¡Salir vivo!.

Y cuando una sociedad empieza a sentir que entrar a un hospital público es un acto de fe más que una garantía de atención, entonces ya no estamos hablando de una crisis de salud, estamos hablando del fracaso más doloroso de cualquier gobierno: EL DE NO PODER CUIDAR A SU PROPIA GENTE.